La formación ciudadana y la resignificación de los símbolos

  • Martín López Calva
Tenemos hoy en México una sociedad rasgada como esa bandera del Campo Marte

“Un símbolo es una imagen de un objeto real o imaginario que evoca un sentimiento o es evocado por un sentimiento”.

Bernard Lonergan. Método en Teología, p. 68.

La imagen es muy representativa y si se mira con cierta profundidad, genera sentimientos fuertes de tristeza, frustración y cierta impotencia. Tal vez por eso, más allá del humor con el que se aborda en algunos memes como tratando de evadir el impacto del mensaje, se comenta y difunde tanto en las redes sociales.

Se trata de la bandera nacional, una bandera monumental que al ser izada en la ceremonia oficial en la que el presidente de la república conmemoraba en el Campo Marte el día de este símbolo fundamental de nuestra identidad nacional, se rasgó a causa del viento que la hizo atorarse con alguna estructura metálica.

La fotografía circuló ampliamente con comentarios que hacían referencia a la “mala suerte” –o al sello negativo- que acompaña a este gobierno federal y comparaban esta bandera rota con el estado actual de la sociedad mexicana sumida en una profunda crisis económica, política y social.

Durante la misma semana pasada ocurrió también un hecho relativamente menor pero en cierto modo relacionado con este de la bandera rasgada, que fue la negativa de las autoridades cubanas a dejar entrar al país al ex presidente Felipe Calderón, que produjo una muy tibia reacción de la Cancillería mexicana y del Secretario de Relaciones Exteriores que se limitó a un par de tuits lamentando esta decisión y a muchos memes y comentarios en las redes sociales que no eran en su mayoría de burla al anterior titular del ejecutivo federal y manifestaban una especie de gusto porque el gobierno de Raúl Castro le hubiera negado el acceso a su territorio.

El filósofo canadiense Bernard Lonergan dice que una comunidad es algo mucho más complejo que un conglomerado de personas que conviven en un mismo territorio y bajo una serie de leyes y normas. Una comunidad es un conjunto de personas que comparten ciertos significados y valores en común, es decir, que tienen una cultura común, si asumimos la definición de este mismo autor que concibe a la cultura como el conjunto de significados y valores que determinan un modo concreto de vida.

Tenemos hoy en México una sociedad rasgada como esa bandera del Campo Marte, una sociedad dividida, polarizada, que ha mostrado su incapacidad para unirse incluso ante la enorme amenaza externa que representa el gobierno de Donald Trump. Vivimos en una crisis de comunidad, en una crisis cultural que es producto del paso de una visión homogénea e impuesta de significados y valores propios del régimen post-revolucionario a la total fragmentación de significados y valores que nos hacen incapaces de construir esa unión de la unión y la desunión que constituye la democracia según plantea Edgar Morin.

Según Lonergan existen cinco grandes vehículos por los que se construyen los significados en común que llevan a la edificación de la comunidad. Estos cinco vehículos de la significación son: la intersubjetividad, el arte, el lenguaje, los símbolos y las personas.

Los símbolos son esas imágenes de objetos reales o imaginarios que evocan o son evocados por determinados sentimientos. En la formación cívica del pasado –a pesar de la forma impositiva en que se hacía- se iba construyendo en los niños y adolescentes un tejido afectivo que hacía evocar sentimientos de unidad, orgullo y pertenencia al ver la bandera o escuchar el himno nacional y sentimientos de respeto hacia las instituciones como la de la Presidencia, el Congreso de la Unión o la Suprema Corte de Justicia.

Ciertamente estos sentimientos hacia los elementos simbólicos que sustentan nuestro ser comunidad nacional llegaban, por el sistema autoritario de dictadura de partido, a extremos poco deseables en los que el respeto llegaba al culto a la personalidad, el orgullo se manipulaba hasta identificar a los gobernantes en turno con las instituciones y con la patria misma y la unidad se concebía como actitud acrítica y sumisión.

Sin embargo hoy parece que nos hemos ido al otro extremo del péndulo. Hemos pasado de la obediencia ciega y el culto a la personalidad del presidente en turno –“¿qué hora es? La que ud. diga señor Presidente”- a la descalificación de las instituciones y la indiferencia o incluso la falta de respeto a los símbolos patrios.

No es esta una reflexión neoconservadora que pretenda que regresemos al pasado sino un llamado a una educación ciudadana que promueva enfáticamente la resignificación de los símbolos que nos hacen ser comunidad para desarrollar sentimientos sanos de pertenencia, orgullo y compromiso que evoquen y sean evocados, que representen y sean representados por los símbolos “físicos” –la bandera, el himno, el escudo nacional- e institucionales –la presidencia, el congreso, la corte- sin que esto signifique la renuncia a la crítica hacia la manera de actuar de las personas que encarnan las instituciones y hacia el patrioterismo superficial y manipulado con el que muchas veces se quiere controlar a la sociedad.

Esta sana formación ciudadana, indispensable para superar la crisis social que vivimos hoy en el país, requiere del lado de la escuela el trabajo para desarrollar la capacidad intelectual para distinguir el significado profundo de los símbolos patrios de las manifestaciones de exaltación patriotera y el valor de las instituciones del buen o mal funcionamiento que tengan por las personas que ocupan los cargos de representación, además del desarrollo afectivo para generar los sentimientos positivos indispensables para llenar de contenido esas imágenes y objetos que los evocan.

Por otra parte, la formación ciudadana requiere también que desde todas las instancias de gobierno y de la sociedad se trabaje de manera sistemática y comprometida por la dignificación de las instituciones y el buen uso de los símbolos para construir una cultura cívica pertinente para conciliar la identidad nacional con la ciudadanía planetaria.

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Martín López Calva

Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala, maestro en Educación superior por la misma universidad y en Humanismo universitario por la Universidad Iberoamericana Puebla. Ha sido dos veces “Lonergan Fellow” por el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007). Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación y enlace de la UIA Puebla en el campo estratégico de “Modelos y políticas educativas” del sistema universitario jesuita (SUJ) desde agosto de 2007 hasta marzo de 2012 y académico de tiempo completo en esta universidad desde abril de 1988 hasta marzo de 2012 donde obtuvo el reconocimiento de académico numerario e imparte hasta la fecha cursos de licenciatura y posgrado en el área de Educación. Tiene experiencia docente a nivel de licenciatura, posgrado y formación de profesores en la UIA Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, Universidad de las Américas Puebla, Universidad Anáhuac y otras desde 1988. Actualmente es Director académico de posgrados en Artes y Humanidades de la UPAEP. Ha publicado diecisiete libros sobre temas educativos (los más recientes: Educación humanista –tres tomos- en Ed. Gernika y Gestión curricular por competencias en educación media y superior, en coautoría con Juan Antonio García Fraile), diez capítulos en libros colectivos y alrededor de 45 artículos en revistas de educación.